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Cielo parcialmente nublado; afuera no sé.

lunes, 22 de septiembre de 2014



Nunca sentiste el menor remordimiento cuando cada mañana te metías mis entrañas en el croissant y me tragabas y masticabas con detenimiento, cuidadosamente y pensando “sé que no va a gritar, sé que no lo hará nunca”. Al fin y al cabo, yo solo era capaz de tenderme en el plato y dejarme untar de mermelada. Quise creer que disfrutar y devorar compartían más que la inicial, pero me equivocaba puesto que ante el vacío de tus oquedades únicamente me necesitabas como sustento y por ello te alimentabas de mí.


Resultaba difícil determinar quién realmente eras porque todo lo que ganabas con tu labia terminabas perdiéndolo por ese típico afán tuyo de acaparar el primer plano. Llegó un momento en el que ni conmigo los focos te quedaban bien y no tuve otra opción que supervisar la escena desde el otro lado y comprobar que lo tuyo no era problema de la luz. Podía haberte despedido, pero confieso que a la cámara le gustaba esa elegancia con la que me hacías perder el control. Toda la trama del guión recayó así en la curiosidad de cuál sería el próximo lugar donde olvidarías la memoria.

  
El éxito fue rotundo y con el apoyo de crítica y público a mí ya no me necesitabas para nada. Fue entonces, sin haberme devuelto ni siquiera las gracias cuando cambiaste mi historia por otras y aunque hoy hace mucho que ha dejado de importarme te sigo guardando el “de nada” por si algún día te me plantas de mera casualidad repitiendo aquello de “piadosas fueron todas mis mentiras...”.








He aprendido que amar y querer y desear pueden pasar la noche en la misma cama e incluso prepararse el desayuno pero que por muy bien que hagan el café y jamás hayan dejado quemadas las tostadas, las prisas de primera hora de la mañana les hacen caducar.


 



viernes, 29 de agosto de 2014




Quiero aprenderte de memoria para luego poder soñarte a la perfección.

Quiero dejarme cantar canciones al oído.

Quiero que tu ropa me quede mejor que a ti.

Quiero darte los besos que no te he dado en los lugares donde aún no hemos estado.

Quiero que mis párpados solo se cansen de mirarte tanto.

Quiero no perder nunca el miedo de perderte para siempre.

Quiero ser el otro lado del colchón de una cama con barrotes.

Quiero que si mañana no estás no amanezca nunca.

Quiero cosquillearte.

Quiero noches oscuras de luna lunera en cualquiera de sus formas geométricas.

Quiero no volver jamás a hacerte daño.

Quiero llegar hasta tu casa cuando menos te lo esperas.

Quiero abrirte la puerta de la mía cuando pensé que no vendrías.

Quiero que tus bolsillos estén llenos de palanquetas, de chicles de menta, de pulparindos, de mazapanes.

Quiero cosernos los ombligos con el hilo marca-de-por-vida para que por muy lejos que tú vayas, que yo vaya no podamos separarnos nunca.

Quiero que el único final del cuento sea contigo.
  
Quiero que jamás olvides ser eso, lo de todos los días, lo de siempre...






 
Eres parte de mí
                 
un amor que no tiene fin
       
yo te entrego mi vida y mis sueños
        
yo te entrego en mi voz cada sentimiento...
 
Mientras tú me quieras,
     mientras tú me quieras aún
 

viernes, 8 de agosto de 2014






Todos los días me pregunto cómo puedo regresar al mismo sitio y no estar harta de ti, y sentir lo mismo que hace tantos años, después de todo cuanto ha sucedido. 
Sin embargo, sigo amándote. No puedes aceptar mi amor, y después irte. No conviertas mi amor en algo repugnante.










¡No me amas! ¡Nunca me has amado, si toleras esto con tanta complacencia!




 

jueves, 31 de julio de 2014

Ésta mañana encuentro una parte de ti aquí y casi siento ganas de atiborrarte con cosas que quiero y desquiero, que no tengo, que tuyas o no echo de menos; y con ganas de contarte casualidades y desatinos, que todavía no aprendí a diferenciar entre cóncavo y convexo, ni a reconocer qué parte de ti decía la verdad y cuál era la que mentía.

Y te decía que ésta mañana también estaba dispuesta a saltarme las reglas, a que me cantaras el "quedarme un ratito aquí… contigo”. Y tú no estabas allí. Te confieso que quería encontrarte y hurgar en tus rincones y comprobar si todavía quedaba algo de mí, de otro tiempo, entre tu hígado y tus pulmones. Tropecé con un par en ruinas y dos esqueletos, el tuyo y el mío, que muertos de frío se hablan en silencio y se empujan en la ausencia de palabras al oído y gemidos a olvidarse.

Todavía tengo señales e indicios de que por aquella época no tan remota te reconocía… Al final me gustó tu confianza, tu tacto, la mano experta que siempre avalaba a meter el hilo por el ojal. Resultabas todo un descubrimiento porque olías a agua, a fuerza, a vida... Había días en los que te envidiaba porque la vida te había dado guitarra y agallas para ser tan jodidamente alternativo al resto; no podía ser de otra forma, si siempre me enseñaste a hablar de los problemas.








Tengo cicatrices que no cierran y que por cautela no van a cerrar nunca para recordarme siempre que por mucho que quiera no dejarán de ser tuyas; y les va a crecer carne encima y se deformarán y parecerán apenas un rasguño, pero por dentro seguirán cargadas de quistes.